Hay una sola línea de matemática frente a la que me quedo sin defensas. La identidad de Euler junta en una igualdad los cinco números que más pesan en todo el pensamiento. Cada vez que la miro me hago la misma pregunta, la que todavía me estremece. Cómo puede algo tan breve reunir el crecimiento, la rotación, la unidad y el vacío en un equilibrio al que no le sobra ni le falta nada. Feynman, que no era hombre de exagerar, la puso por encima de todas las demás, y yo agrego que también es la más honesta, porque no esconde de qué está hecho el mundo.
eiπ + 1 = 0
«La fórmula más notable de las matemáticas.» · Richard Feynman
Mirá lo que se abraza ahí adentro. El número e gobierna todo lo que crece o se apaga sin pausa, desde una célula que se divide hasta un átomo que se desintegra. Pi asoma cada vez que algo gira, vibra o vuelve sobre sus pasos, en una cuerda tensa o en la órbita de un planeta. El uno es la medida, el cero es el reposo. Y en medio está i, la raíz de menos uno, ese número al que llamamos imaginario con una mezcla de desdén y de pudor. Leibniz lo miró con más ternura y más filo, y dijo que los imaginarios eran un anfibio entre el ser y el no ser, un prodigio del ingenio humano. Yo me pregunto algo todavía más incómodo. Y si lo imaginario no es un truco ni una muleta, sino una dimensión que aún no aprendimos a mirar con los ojos.
El número que no existe es, sin hacer ruido, el que sostiene casi todo lo que sí existe.
Porque sin números complejos no habría manera de describir una onda. Ninguna. No podríamos leer las señales eléctricas del cerebro, ni el ritmo del corazón en un electrocardiograma, ni la luz que cruza un océano por una fibra más fina que un cabello. Cada resonancia magnética que aclara un diagnóstico está operando la misma estructura que enlaza la exponencial con el giro. Wigner le puso nombre a este asombro y lo llamó la irrazonable eficacia de las matemáticas, ese misterio de que un símbolo abstracto describa con exactitud la materia que podemos tocar. No es una metáfora piadosa, es la forma en que el mundo está hecho por dentro.
Y cuando pienso en la inteligencia artificial no veo una excepción, veo la misma matriz otra vez. Una red que aprende ajusta miles de parámetros en un espacio continuo, descompone una voz o una imagen en frecuencias, busca el punto más bajo de una superficie hecha de exponenciales. La medicina interpreta señales, la música ordena vibraciones, la física describe oscilaciones, la máquina reconoce patrones. Todo parece latir bajo una misma gramática callada. No me maravilla como si fuera magia, me maravilla como coherencia.
Por eso no leo la identidad de Euler como un adorno para impresionar. La leo como un mapa, la prueba pequeña y terminante de que lo imaginario nunca estuvo separado de lo real, de que la unidad aparece cuando cada pieza encaja con una precisión que no admite trampa. Y si hay algo que quiero que te lleves, es esto. La próxima vez que alguien te diga que lo abstracto y lo concreto viven en cuartos separados, acordate de que un número al que decidimos llamar imaginario es el que te dejó leer esta frase, cruzando un cable, convertida en luz.
Ramón Godoy
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APA, 7.ª edición
Godoy, R. (2026, 20 de julio). El anfibio entre dos mundos. Fotón Primordial. https://ragovi.blog/2026/07/20/el-anfibio-entre-dos-mundos/
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Godoy R. El anfibio entre dos mundos [Internet]. Fotón Primordial; 2026. Disponible en: https://ragovi.blog/2026/07/20/el-anfibio-entre-dos-mundos/
MLA, 9.ª edición
Godoy, Ramón. «El anfibio entre dos mundos». Fotón Primordial, 20 de julio de 2026, ragovi.blog/2026/07/20/el-anfibio-entre-dos-mundos/.
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